
Hacía ya dos días de todo aquello, y para Julieta, fue su primera experiencia amarga con la muerte, tan cercana y dolorosa que la sentía en carne propia, una muerte que no se entendía. No comía, no salía, solo lloraba encerrada en su habitación, y faltaba al colegio, mirando como pasaban las horas a través de la ventana del piso de arriba, la copa del árbol se mecía suavemente, las montañas de fondo dejaban ver sus picos nevados… y ella allí encerrada llorando, mirando al techo, totalmente desbastada, sufriendo…
Para sus padres, unos días podría llegar a estar así, después de todo, Sergio era su novio, pero si esto seguía de esa manera… necesitarían la ayuda de algún psicólogo.
A Carolina, la mejor amiga de Julieta, la había llamado la madre, para que venga a visitarla y distraerla un poco. Aunque no apoyaba esa amistad casi desde que iban al jardín de infantes. De la tragedia del pueblo se enteró después, en el colegio, y también se puso mal, Sergio había ido con ellas a la escuela desde que eran tan pequeñas. Y simplemente se había matado. Acabando con su joven existencia a tan temprana edad. Era deprimente.
Llegó esa tarde, portando actitud de autosuficiencia y seguridad que le eran tan características, y se paró en la puerta de la habitación a golpearle la puerta con efusividad, como si temiera que su amiga pudiese cometer una locura, la madre le había advertido que estaba muy triste.
La puerta se abrió silenciosamente, y Caro la vio, con las huellas de quien estuvo llorando días, pálida y ojerosa, desarreglada, y hasta su cabello castaño de textura pajosa. Ella jamás se hubiese permitido dejarse abandonar tanto tiempo, su cuerpo y su imagen eran su carta de presentación social. Se sentía diferente a Julieta. Eran, muy diferentes.
Estuvieron calladas un rato. Carolina no tenía en su vocabulario las palabras justas para una ocasión como esa. ¿Qué se le decía a una amiga que había amado tanto a un chico, y de repente lo pierde como si nada?, propuso dar una vuelta, pero Julieta no tenía ganas de nada, solo quería ver su mundo de una cuadra a través del vidrio de la ventana, como Carolina no era una chica muy paciente, y tampoco sabía qué actitud tomar frente a esta situación, se mordía los labios pensando que de todos modos, solo eran dos adolescentes aprendiendo a vivir, y en su cabeza buscaba frases adecuadas y ensayadas una hora antes, ¿qué podía hacer?
Julieta terminó por aceptar la invitación después de reiteradas insistencias de su amiga, que hasta tuvo que escogerle la ropa para que se pusiera, y se fueron a montar a caballo al centro hípico de Carillanca.
El centro hípico estaba alejado del pueblo, pero podían llegar a él caminando, el día era fresco, la brisa les hacía cosquillas en las mejillas pálidas, y Carolina seguía hablando de las cosas que habían pasado en el colegio como si nunca hubiese pasado nada grave que los afectara a todos. Bueno, de hecho, la conmoción había durado un par de días, pero después de inaugurar una placa con un árbol en el patio del colegio, en honor a su memoria, el trajín habitual había vuelto a la normalidad sin que nadie se parase a reflexionar lo contrario. Los comentarios iban desde las travesuras de Fernando (el chico de Caro) y Juanito, hasta el nuevo 10 que se había sacado Faustina, la traga libros del curso, Conrado, el preceptor que los vivía retando por nada con sus modales amanerados, y lo de siempre. Julieta escuchaba sin prestar atención, sonriendo apenas para decir “estoy acá aunque no se note”.
En un pueblo tan chico donde no había muchas cosas para hacer, ir a cabalgar y practicar polo era una de las actividades favoritas de los Carillacenses. Había bastante gente, sobre todo chicos jóvenes de allí y de los pueblos aledaños. Era el lugar ideal para Carolina. Nunca se sabía si se podría conocer a alguien allí entre tantos adolescentes sexys vestidos de montar. Pagaron la hora y montaron dos caballos bien mansos.
Tal vez montar a caballo no fuera la mejor idea para alguien que estaba ajeno a la realidad a causa de una depresión. Julieta suspiraba aguantando su llanto y su mirada se perdía a cada rato. Aunque Caro la vigilaba de vez en cuando, tampoco podía evitar prestar atención a ese grupito de chicos con remeras de polo y sus tacos hablando mientras estaban sentados sobre sus caballos, eran todos bellos, de cuerpos torneados y bronceados, de la misma tribu adolescente. Olvidándose un segundo de con quién estaba, se encontró dirigiendo su caballo hacia allá mientras se acomodaba el cabello rubio rizado en señal coqueta. Era su arma de seducción. Porque Carolina, era una de las mujeres más lindas que tenía Carillanca, hasta había salido Reina de la Beldad, el año anterior, en un concurso de la zona.
Julieta ni se inmutó. Seguía paseando con su caballo por el sendero. Llevaba las riendas colgando de su mano, sin darle directivas a su alazán. Seguramente conocía el camino de memoria, pero ella no tenía ánimos ni para dirigirlo.
Había pasado un rato largo desde que Carolina se había alejado hacia el campo de polo. Julieta no se percató de que su caballo se alejaba por fuera del sendero, tranquilo, pero perdiendo su camino. De repente, parecía estar incómodo con Julieta, y dio comienzo al trote, entonces allí, ella prestó atención al cambio de paso. Cuando quiso acomodar las riendas y hacer que bajara la marcha, el caballo no respondió. Allí entró en desesperación. Y gritó a Carolina, que charlaba animadamente con algunos polistas, y todos salieron al galope tras ella. El alazán corcoveó y se incorporó sobre sus patas traseras y Juli del miedo que sintió repentinamente, soltó las riendas y cayó al suelo. Algunos se apearon y corrieron hacia ella preguntándole si estaba bien, si la había pisado el caballo o algún tipo de accidente similar.
Aunque ni aún con la distracción entretenida que estaba recibiendo Julieta allí, la hizo salir de su tristeza, terminó por caerse del caballo con una suerte terrible, porque no se lastimó ninguna parte del cuerpo, aunque en el fondo, y con lo mal que se sentía, le hubiera gustado que le pase algo.
-¿¡Estás bien!? –gritó Carolina bajándose de su caballo y corriendo a Julieta como una loca, tirando de las riendas, el caballo de Julieta salió desbocado para cualquier lado. –¡¡Diossss!! ¡Pensé que te matabas!
-¡Yo también quiero morirme! –gritó sin aliento y lágrimas de rabia salieron de sus ojos furiosos.
-No Juli, no digas eso. Vos tenés que seguir con tu vida, ¿qué vas a hacer? ¿Matarte, porque él se mató? ¡¡No seas loca!! –ésto ya lo gritaba delante del cuidador de caballos que observaba con curiosidad la escena. –Claro que no es lo mismo… pero vos tenés que seguir caminando tu vida Julieta.
-Quisiera llevarle flores a Sergio. –dijo de repente.
-Vamos –aceptó Carolina sin dudar.
Rosas Blancas le llevó, junto a su tumba recién levantada, Julieta comenzó a rezar un rosario por él, tenía la religión católica muy marcada en ella y su familia, y sabía que Dios estaba allí con ella acompañándola. Carolina estaba detrás, en silencio, y cuando acabó, junto con la tarde, volvieron a casa.
Algo que su amiga no pudo sacarle a Julieta de la cabeza, era que ella era culpable de la muerte de su novio, ¿culpable de qué?, si era él quién había decidido terminar con su vida, sin razón. Y ahora era ella quien cargaba con esa desolación y desesperanza.
Volvió a mirar como terminaba de caer la tarde allí, en su ventana de arriba, un mundo que le era ajeno, mientras se lamentaba no haberse matado cuando se cayó del caballo un rato antes.