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SINOPSIS

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martes, 3 de julio de 2012

1.3 Con ganas de no- seguir.


Hacía ya dos días de todo aquello, y para Julieta, fue su primera experiencia amarga con la muerte, tan cercana y dolorosa que la sentía en carne propia, una muerte que no se entendía. No comía, no salía, solo lloraba encerrada en su habitación, y faltaba al colegio, mirando como pasaban las horas a través de la ventana del piso de arriba, la copa del árbol se mecía suavemente, las montañas de fondo dejaban ver sus picos nevados… y ella allí encerrada llorando, mirando al techo, totalmente desbastada, sufriendo…
Para sus padres, unos días podría llegar a estar así, después de todo, Sergio era su novio, pero si esto seguía de esa manera… necesitarían la ayuda de algún psicólogo.
A Carolina, la mejor amiga de Julieta, la había llamado la madre, para que venga a visitarla y distraerla un poco. Aunque no apoyaba esa amistad casi desde que iban al jardín de infantes. De la tragedia del pueblo se enteró después, en el colegio, y también se puso mal, Sergio había ido con ellas a la escuela desde que eran tan pequeñas. Y simplemente se había matado. Acabando con su joven existencia a tan temprana edad. Era deprimente.
Llegó esa tarde, portando actitud de autosuficiencia y seguridad que le eran tan características, y se paró en la puerta de la habitación a golpearle la puerta con efusividad, como si temiera que su amiga pudiese cometer una locura, la madre le había advertido que estaba muy triste.
La puerta se abrió silenciosamente, y Caro la vio, con las huellas de quien estuvo llorando días, pálida y ojerosa, desarreglada, y hasta su cabello castaño de textura pajosa. Ella jamás se hubiese permitido dejarse abandonar tanto tiempo, su cuerpo y su imagen eran su carta de presentación social. Se sentía diferente a Julieta. Eran, muy diferentes.
Estuvieron calladas un rato. Carolina no tenía en su vocabulario las palabras justas para una ocasión como esa. ¿Qué se le decía a una amiga que había amado tanto a un chico, y de repente lo pierde como si nada?, propuso dar una vuelta, pero Julieta no tenía ganas de nada, solo quería ver su mundo de una cuadra a través del vidrio de la ventana, como Carolina no era una chica muy paciente, y tampoco sabía qué actitud tomar frente a esta situación, se mordía los labios pensando que de todos modos, solo eran dos adolescentes aprendiendo a vivir, y en su cabeza buscaba frases adecuadas y ensayadas una hora antes, ¿qué podía hacer?
Julieta terminó por aceptar la invitación después de reiteradas insistencias de su amiga, que hasta tuvo que escogerle la ropa para que se pusiera, y se fueron a montar a caballo al centro hípico de Carillanca.
El centro hípico estaba alejado del pueblo, pero podían llegar a él caminando, el día era fresco, la brisa les hacía cosquillas en las mejillas pálidas, y Carolina seguía hablando de las cosas que habían pasado en el colegio como si nunca hubiese pasado nada grave que los afectara a todos. Bueno, de hecho, la conmoción había durado un par de días, pero después de inaugurar una placa con un árbol en el patio del colegio, en honor a su memoria, el trajín habitual había vuelto a la normalidad sin que nadie se parase a reflexionar lo contrario. Los comentarios iban desde las travesuras de Fernando (el chico de Caro) y Juanito, hasta el nuevo 10 que se había sacado Faustina, la traga libros del curso, Conrado, el preceptor que los vivía retando por nada con sus modales amanerados, y lo de siempre. Julieta escuchaba sin prestar atención, sonriendo apenas para decir “estoy acá aunque no se note”.
En un pueblo tan chico donde no había muchas cosas para hacer, ir a cabalgar y practicar polo era una de las actividades favoritas de los Carillacenses. Había bastante gente, sobre todo chicos jóvenes de allí y de los pueblos aledaños. Era el lugar ideal para Carolina. Nunca se sabía si se podría conocer a alguien allí entre tantos adolescentes sexys vestidos de montar. Pagaron la hora y montaron dos caballos bien mansos.
Tal vez montar a caballo no fuera la mejor idea para alguien que estaba ajeno a la realidad a causa de una depresión. Julieta suspiraba aguantando su llanto y su mirada se perdía a cada rato. Aunque Caro la vigilaba de vez en cuando, tampoco podía evitar prestar atención a ese grupito de chicos con remeras de polo y sus tacos hablando mientras estaban sentados sobre sus caballos, eran todos bellos, de cuerpos torneados y bronceados, de la misma tribu adolescente. Olvidándose un segundo de con quién estaba, se encontró dirigiendo su caballo hacia allá mientras se acomodaba el cabello rubio rizado en señal coqueta. Era su arma de seducción. Porque Carolina, era una de las mujeres más lindas que tenía Carillanca, hasta había salido Reina de la Beldad, el año anterior, en un concurso de la zona.
Julieta ni se inmutó. Seguía paseando con su caballo por el sendero. Llevaba las riendas colgando de su mano, sin darle directivas a su alazán. Seguramente conocía el camino de memoria, pero ella no tenía ánimos ni para dirigirlo.
Había pasado un rato largo desde que Carolina se había alejado hacia el campo de polo. Julieta no se percató de que su caballo se alejaba por fuera del sendero, tranquilo, pero perdiendo su camino. De repente, parecía estar incómodo con Julieta, y dio comienzo al trote, entonces allí, ella prestó atención al cambio de paso. Cuando quiso acomodar las riendas y hacer que bajara la marcha, el caballo no respondió. Allí entró en desesperación. Y gritó a Carolina, que charlaba animadamente con algunos polistas, y todos salieron al galope tras ella. El alazán corcoveó y se incorporó sobre sus patas traseras y Juli del miedo que sintió repentinamente, soltó las riendas y cayó al suelo. Algunos se apearon y corrieron hacia ella preguntándole si estaba bien, si la había pisado el caballo o algún tipo de accidente similar.
Aunque ni aún con la distracción entretenida que estaba recibiendo Julieta allí, la hizo salir de su tristeza, terminó por caerse del caballo con una suerte terrible, porque no se lastimó ninguna parte del cuerpo, aunque en el fondo, y con lo mal que se sentía, le hubiera gustado que le pase algo.
-¿¡Estás bien!? –gritó Carolina bajándose de su caballo y corriendo a Julieta como una loca, tirando de las riendas, el caballo de Julieta salió desbocado para cualquier lado. –¡¡Diossss!! ¡Pensé que te matabas!
-¡Yo también quiero morirme! –gritó sin aliento y lágrimas de rabia salieron de sus ojos furiosos.
-No Juli, no digas eso. Vos tenés que seguir con tu vida, ¿qué vas a hacer? ¿Matarte, porque él se mató? ¡¡No seas loca!! –ésto ya lo gritaba delante del cuidador de caballos que observaba con curiosidad la escena. –Claro que no es lo mismo… pero vos tenés que seguir caminando tu vida Julieta.
-Quisiera llevarle flores a Sergio. –dijo de repente.
-Vamos –aceptó Carolina sin dudar.
Rosas Blancas le llevó, junto a su tumba recién levantada, Julieta comenzó a rezar un rosario por él, tenía la religión católica muy marcada en ella y su familia, y sabía que Dios estaba allí con ella acompañándola. Carolina estaba detrás, en silencio, y cuando acabó, junto con la tarde, volvieron a casa.
Algo que su amiga no pudo sacarle a Julieta de la cabeza, era que ella era culpable de la muerte de su novio, ¿culpable de qué?, si era él quién había decidido terminar con su vida, sin razón. Y ahora era ella quien cargaba con esa desolación y desesperanza.
Volvió a mirar como terminaba de caer la tarde allí, en su ventana de arriba, un mundo que le era ajeno, mientras se lamentaba no haberse matado cuando se cayó del caballo un rato antes.

lunes, 2 de julio de 2012

1.2 ¿Por qué...?

A veces, cuando tu vida va de lo más normal… cosas como esta no te la esperas. Ni en sueños. Es como si el pecho se quebrara lentamente como el hielo, hasta que estalla. Y duelen todas esas astillas filosas clavándose sobre todo el cuerpo, sobre toda el alma. Y se desgarra la vida misma en un instante, cuando sale a la luz la identidad de aquella persona. De Sergio Robles. El amor incondicional de Julieta Fellon. Su amigo y compañero.
Sintió que recibía un balde de agua fría sobre todo el cuerpo, como no reaccionó en el primer momento, hizo una pequeña sonrisa… incrédula. En ese momento, las luces de la casa parecieron sufrir un apagón. El estómago le dio un vuelco, el pecho pesó una tonelada de repente, y después sintió un hueco, que dolió creciendo de forma insospechada, no daba crédito a las palabras que estaba oyendo, las mismas le golpeaban el cerebro de forma permanente, aterrándola, aún así, Carmen continuó, debía terminar la frase y confirmar lo que Julieta ya estaba sospechando, al igual que sus padres escuchando detrás de la puerta de la cocina:
-Fue el… chico que se arrojó en al tren.
Ese detalle la hizo caer en la cuenta, y en dos segundos pasaron miles de imágenes por su cabeza, las vías que filmaron en la estación de trenes hacía un rato, los bomberos y la policía como locos saliendo de los cuarteles a la tarde del pueblo, la llamada del día que no recibió de su novio… porque… ¡era él!, el chico que se había suicidado; sintió como si un gran peso le aplastara el cuerpo de repente, la vista en efecto se le puso negra y se desvaneció en el suelo cayendo sin hacer ruido, como una pluma. Sus padres que miraron desde la barra de la cocina corrieron a atenderla y Carmen, no atinaba a nada. El shock todavía era demasiado grande para ella.
Los padres la levantaron del piso sin que ella se diese cuenta, estaba floja, y solo pudo soltarse a llorar sin control, sintiendo que estaba también por morirse. Sergio era su novio, su compañero de clases… su amigo del alma. Había sido esos últimos años, su motivo de vivir.
Tuvo un ataque de histeria que parecía que no fuese a terminar nunca, hasta que aceptara la realidad y la comprendiese. ¿Qué motivo podría haber tenido su chico para querer quitarse la vida de una manera tan violenta?
¿Por qué?, ¿por qué?,… ¿por qué?... la pregunta daba vueltas y vueltas en su cabeza, había desmenuzado diez mil hipótesis en dos segundos. Mientras dejaba de llorar por un minuto, y volvía al ruedo enseguida, cuando volvía a caer en la cuenta. Esto no estaba pasando. Era una mentira. Una irrealidad, tal vez el chico era otro. Tal vez había sido un joven parecido, con similares características a las de Sergio. Si él estaba más lleno de vida que el bosque, jamás se le hubiese cruzado por la cabeza matarse sin razón, porque simplemente no había razones para que lo hiciese. Ellos jamás peleaban. Salvo cuando eran más chicos. No, acá había algo oscuro, algún asesinato. Alguien que quisiera destrozar su felicidad, su vida, su alegría. Sergio era la mejor persona del mundo. El novio ideal. El amigo que siempre quiso tener, el compañero de clases para estudiar. ¿Por qué le venían con semejantes mentiras? Nada era cierto. Nada.
-¿Querés que te lleve al velorio? –le preguntó Carmen con voz suave, pero ajena del mundo presente, con los ojos en blanco, en otra dimensión.
A partir de esa pregunta, todo pasó delante de los ojos de Julieta como si fuese una película, el velorio, el entierro, el insomnio y el sueño pesado, que le provocaba terribles pesadillas y la resignación aunque no era total. Julieta no podía hacerse a la idea de que él, estaba en otro mundo, al que ella todavía no pertenecía. Y los por qué… llenaban de dudas su mente atribulada, sin dejar de perseguirla, ni de atormentarla.

domingo, 1 de julio de 2012

Capítulo 1.1 Un lugar donde nunca pasaba nada.























Carillanca en mapuche quiere decir “joya gris”, Carillanca es un pueblito pequeño, afable, su paisaje se asemeja al de los cuentos de hadas, perdido entre el bosque y abrazado por la cadena montañosa de los Andes, en la Patagonia. Nació en el año 1920, cuando el ferrocarril estiró sus tentáculos hacia toda la Argentina, buscando el progreso, esperando que el hombre blanco se asiente sobre los nuevos territorios fundados por la Nación, para darle sustantividad a la tierra, puesto que antes ya habían exterminado a los últimos clanes indígenas, despojándolos de sus verdaderos territorios. Los pobladores originarios. Colonias de extranjeros inmigrantes en busca de mejores alternativas de vida fueron a parar a distintos puntos del territorio argentino. Carillanca era un paraje, con apenas dos casuchas de barro y paja para los puesteros y con una pulpería para el abastecimiento y la continuidad de los viajes a ciudades un poco más importantes. Después fue creciendo, de a poco, y había italianos, galeses, ingleses, españoles, y mestizos, los que viven hoy allí son sus descendientes.
Carillanca mantiene su nombre por respeto. Por respeto a todos aquellos aborígenes que luchan por un pedazo de tierra, y de es la forma que guardan los habitantes a los antepasados originarios.
Si observáramos a Carillanca desde el cielo, veríamos que se pierde entre los bosques, las callecitas están empedradas con adoquines, y suben y bajan como cuestas y colinas, por donde se alzan todas las casitas tipo cabañas de estilo inglés, de estilo suizo, de estilo de montaña. Pues, Carillanca es apenas un pueblo, y como todo pueblo de pocos habitantes, apenas si ocurren grandes sucesos. Prevalecen las leyendas mapuches, y los cuentos de los abuelos, cuando llegaron, encontrándose en esa tierra de nadie, transformada en lo que hoy es gracias al duro trabajo que ellos ofrecieron al dominio. Toda clase de criaturas mágicas viven escondidas entre los árboles, en el viento, en las hojas secas. Es tierra de historias. Mezcla de culturas. Tierra de campos y tierra de bovinos. Tierra de bellos paisajes. Tierra donde lo real nunca pasó. Hasta que ocurrió.
Nunca pasaba nada extraño en aquel pueblo, pero esa tarde, muchos años después, 25 de marzo, ocurrió una tragedia. Un muchacho joven, de unos dieciséis años, había decidido acabar con su vida arrojándose a las vías del tren. Los detalles no se conocían. Se desconocía totalmente el motivo del suicidio, pero en apariencia, no le faltaba nada… no tenía problemas familiares ni económicos, su novia lo adoraba y él era feliz con ella, más la carta que dejó en su casa, debajo de la puerta y escrita con una letra que podría tal vez ser la suya, desconcertaba a su madre, hermanos e incluso a la policía, que prometió investigar el caso:”…quiero probar el sabor de la muerte”, decía. Sólo eso, cuando la familia se dio cuenta, ya era tarde. El hijo menor de tres, había degustado el dolor y la sangre, la inconsciencia y la locura. La noticia salió en todos los medios de comunicación de la zona.
Varias cuadras más lejos del lugar del hecho, como todos los días aburridos y rutinarios en la vida de Julieta Fellon, a la hora de cenar, ella y su familia se acomodaron a la mesa para comer y mirar las noticias como todas las noches, a su lado, había una silla vacía, porque Camila, su hermana mayor, ya no estaba viviendo con ellos, sino estudiando en una gran ciudad en la provincia de Buenos Aires, muy lejos de dónde ellos estaban, una ciudad donde se podía ver las luces del puerto y los barcos pesqueros en el mar, de noche desde lo alto de su departamento.
La noticia que ocupaba la primera plana del canal local era la del joven, todos habían comentado el hecho en el pueblo, pero no había llegado a oídos de Julieta el nombre del muchacho, porque todo el tiempo repetían en la televisión: “un menor no identificado”. Mostraron algunas imágenes de la estación de trenes, restos de sangre que había quedado en el suelo, el trabajo de los bomberos, y la madre de Julieta se indignó por mirar noticias así a la hora de la comida. Julieta la miró reprobando su comentario… sin decir nada. Se compadecía de ese desgraciado, pensando en qué motivos podrían haberlo llevado a cometer suicidio. A veces la locura humana es tan impredecible, las salidas más drásticas son las más egoístas, su familia, sus amigos, su futuro. ¿Acaso no se le habían ocurrido esas cosas?
-Pobre chico… tan joven… –seguía diciendo la mamá de Juli, a quien le gustaba opinar mucho y de cualquier tema. -¿Quién sería para cometer esa locura?
-Y hoy fue una tarde de otoño tan linda… – comentó Julieta en voz baja, pensando además, que con lo bello que era su pueblo, su región, los paisajes que se teñían de ocres, marrones, amarillentos y rojizos, la vida misma allí, toda la belleza natural que los rodeaba y que le daban ganas de vivir, de sentirse viva, jamás se le cruzaría por la cabeza una idea como la de quitarse la vida. Nunca podría hacer algo así. Estaba feliz de vivir su vida allí, con los suyos y con la belleza natural que el otoño le ofrecía en Carillanca. El otoño era, su estación preferida. No cambiaría un otoño allí, por ningún lugar del mundo.
El padre de Julieta apagó el televisor, resignado a no saber quién podría ser el adolescente, le pareció mejor así. No le gustaba escuchar cuando hablaban de tragedias a la hora de la cena, al igual que a su mujer, suponía que de ser alguien muy conocido hubiesen sabido ya su identidad.
A las 21:30hs aproximadamente, de forma totalmente inesperada, tocaron el timbre, que sonaba melodiosamente, tenía incorporado un sonido de la Marcha turca, de Mozart, y la madre se levantó a abrir la puerta, secándose las manos con el delantal, resoplando porque ya era tarde para visitas, o para consultas de horarios de particular, y además de limpiar, cocinar y demás, todavía debía corregir unos exámenes nivelatorios de dos escuelas, asombrada por la escena que descubrió al abrir, llamó a su hija, era para Julieta, y la dejó a solas de forma desconfiada con una chica unos años mayor que ella, que estaba un poco desarreglada, casi sin peinar, y su cara lucía como si hubiese llorado, el maquillaje corrido, y la voz temblorosa.
-Hola Carmen… –la saludó, presintiendo ya lo peor –Tenés una cara… ¿qué pasó?
La tal Carmen fue directa:
-Sergio, falleció.